Seguía lloviendo fuertemente cuando me desperté. La estación estaba vacía y lo único que la iluminaba era el corredor de pantallas que conduce a la salida. Tan pronto reparé en mi situación, me reincorporé estrepitosamente para dirigirme a la salida cuando de repente mis oídos se vieron invadidos por un pitido bastante fuerte que perforó mi cabeza con gran potencia. Aquel momento de confusión se transformó en otra de mis migrañas. Salir de la estación se convirtió en un suplicio. El pasillo y la luz de sus pantallas cada vez se hacía más luminoso, forzándome a cerrar mis ojos y caminar a ciegas. Poco a poco el pitido se vio acompañado de otros sonidos desagradables. En mi cabeza resonaba una orquesta de ruidos que asemejaban el chillido de una computadora a punto de morir. La sobrecarga sensorial era tan fuerte que mis piernas colapsaron a la mitad del pasillo. Mis manos no se podían despegar de mi cabeza en un fútil esfuerzo por mitigar el dolor. Intenté seguir avanzando pero fue inútil. De rodillas, con la cabeza contra el suelo, imaginé que de un momento a otro mi cráneo iba a estallar, o que mis circuitos se iban a quemar. De la nada los chillidos cesaron y dieron paso a un silencio completamente abrazador; tan vacío como el del espacio exterior. Intenté abrir los ojos y me encontré con una luz bastante brillante pero que no quemaba como hace unos segundos. Las pantallas que cubrían todo el corredor estaban fuera de control: prendían y apagaban intermitentemente; otras estaban permanentemente glitcheadas reproduciendo una combinación de formas y colores rotos y sin sentido alguno. Sin embargo, la luz no provenía de las pantallas; había algo en medio del pasillo que estaba emanando esa luz.